La noche pasada, justo después de cenar, bajé a las vías del metro para hacer un poco de ejercicio nocturno. Son de sobras conocidos los beneficios para la salud del ejercicio después de la cena. Y es que durante dos horas completas, de diez a doce, todos los trenes del Metro de Barcelona se paran para ser inspeccionados de arriba abajo, y reparados si hiciese falta. Además, los maquinistas aprovechan la pausa para tomar una ligera refacción, seguida de la correspondiente cabezadita para hacer la digestión, ya que de sobras son conocidos los beneficios del reposo después de la cena.
No hay nada más relajante que patinar por las vías del metro, sobretodo cuando no circulan trenes. Uno va de estación en estación a toda velocidad, como si fuera uno de ellos, con la diferencia de que no lleva pasajeros y de que no hay más parada que la parada final, que no es tanto una estación física sino una hora concreta: las doce. Llegada esa hora más le vale a uno no estar en mitad de un túnel, porque sólo un minuto después ya asoma el siguiente tren. Es de sobras conocida la puntualidad de los trenes en Barcelona. Y no creas que aminora la marcha si ve a un deportista nocturno por las vías, no. Una vez se me fue el santo al cielo, perdí la noción del tiempo y me dieron las doce, y a punto estuvo uno de los trenes de atropellarme, pero por suerte pude acelerar el paso y saltar al andén de una zancada tan descomunal, que bien pudiera haber batido el récord mundial de salto de longitud y de altura juntos. No hay nada más estimulante que la sensación de muerte inminente.
La otra noche era diferente, porque todos los túneles estaban abarrotados de jabalíes. ¿De jabalíes? Por lo visto, debido a la epidemia de peste porcina, las autoridades sanitarias se han propuesto exterminar a toda la población de jabalíes de la Sierra de Collserola que circunda a Barcelona. Y éstos, que pueden ser marranos, pero no tontos, se han escondido mejor que un insecto-palo. Muchos han pasado a llevar vidas arborícolas y a alimentarse de piñones. Otros se han adaptado a la vida marina frente a la playa del Somorrostro y, es la pura verdad, nadan mejor que vuelan. Y la inmensa mayoría se han refugiado en los túneles del metro.
La verdad, no sé por qué, pero lo cierto es que las vías del metro están llenas de restos de comida que los pasajeros, más marranos que los marranos, lanzan por las ventanas como si esto fuera el vertedero del Garraf. Y los jabalíes, que pueden ser guarros, pero no autótrofos, han encontrado en estas vías el Santo Grial de la alimentación de kilómetro cero. Aquí los jabalíes se alimentan de patatas fritas y hasta de las bolsas de las patatas fritas, las cuales, por lo visto, llevan tantos aditivos químicos que no hay virus de la peste porcina que pueda con ellos; eso sí, luego las cacas salen con tantos destellos plateados, que el personal de limpieza no sabe si van al contenedor de orgánico o al de plásticos. También abundan los trozos de pan, a veces tan grandes que cualquier paloma que se los comiera acabaría en un columbario. Hasta unas tejas con calçots y salsa romesco he llegado a encontrarme, tiradas detrás de una señal de prohibido adelantar. Hay quien dice que comen mejor los jabalíes metropolitanos que los enfermos de los hospitales.
El caso es que, como que todavía quedaba más de media hora para que dieran las doce, me acerqué a una familia de jabalíes para, disimuladamente, escuchar de qué hablaban. No creas que hablaban de restos de comida, de trenes o de leyendas de la antigua vida serrana, no, sino que hablaban de política municipal. Como te lo cuento. Uno de los jabalíes criticaba a las autoridades sanitarias por no encontrar mejor solución para frenar la peste porcina que aniquilarlos a todos y, mientras gesticulaba con sus paletillas, gruñía que ya le hubiera gustado ver si hacían lo mismo con las personas durante una pandemia de coronavirus. Otros jabalíes que escuchaban en silencio, todo el silencio posible mientras masticaban restos de una barra de pan medio mohosa, asentían con sus cabezas de jabalí. Detrás, junto a un cruce de vías, una piara de jabatos jugaba a perseguirse los unos a los otros, ignorando la cruda realidad de la que tertuliaban los adultos.
Cuando se dieron cuenta de que les estaba escuchando se quedaron en silencio: el que hablaba de política cerró el hocico, los que comían pan dejaron de masticar, y hasta los jabatos se quedaron petrificados como si ahora jugaran al un, dos, tres, pica-pared. La sensación, más que incómoda, me pareció pintoresca. ¿Pensarán que soy un cazador? ¿Pensarán que soy un inspector de Sanidad? ¿Qué estarán pensando? El jabalí orador avanzó lentamente hacia mí, seguido por todos los demás y, cuando estuvo lo suficientemente cerca como para arrancarme la pierna de un mordisco, me dijo con voz alta y clara:
—¡Agáchate!
Sentí algo de miedo, la verdad. Yo miré mi reloj de pulsera que, por cierto, mide pulsaciones, pasos, temperatura y muchas más cosas, pero todavía no he encontrado el menú para mostrar la hora. Y mirando mi reloj, como decía, hice la pantomima de "oh, que se me hace tarde". Pero el jabalí insistió:
—¡Agáchate, hombre! No te haré daño.
Yo intenté verbalizar el gesto de antes y le respondí:
—No puedo, es que se me hace tarde. Estoy patinando. Suelo patinar bastante. Y aún me queda mucho por patinar...
Entonces el jabalí agachó la cabeza, se fijó en mis patines, y literalmente estiró la pata, o sea, uno de sus jamones, señalándome de esta peculiar manera el fondo del túnel. A lo lejos se podía divisar la siguiente estación. Yo giré la cabeza y no entendí qué era lo que tenía que mirar, o si me estaba enseñando la salida. Cuando le iba a preguntar que mirara qué, en su jamón se posó un canario más amarillo que un limón. Y por si este extraño acontecimiento no fuera suficiente, el canario comenzó a trinar y a modular su canto con unas melodías espectaculares, pero no de canario, sino de jilguero. No pude acabar de digerir lo que estaba presenciando cuando el canario dejó de trinar, alzó el vuelo y revoloteó hasta mi hombro derecho. Yo le miré de reojo sin entender ni papa, con los párpados medio cerrados por temor a un picotazo repentino, ya que de sobras es conocida la tremenda violencia que puede ejercer un canario de mal humor. Y el canario, que se percató de mi actitud precavida, se acercó a mi oreja y me susurró algo, algo increíble, algo absolutamente increíble. Es tal la incredulidad con la que escuché las palabras del canario, que miedo tengo de contárselas a nadie. Quizás yo sea el siguiente profeta, después de Jesucristo y de Mahoma, yo qué sé. Pero miedo tengo hasta de dejar por escrito lo que me contó. Prefiero callar. Uno es esclavo de sus palabras y amo y señor de sus silencios. Así que prefiero callar. Callaré para que nadie me tome por un auténtico embustero.
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